miércoles, enero 10, 2007

Gloria al padre




Se comprende toda clase de atropello mientras la distancia
eleve el número de víctimas a cero responsabilidad. Por lo
mismo uno camina impune por las calles de la ciudad buscan-
do la nada despreciable suma de experiencias para ser rela-
tadas en primera persona sin pudores, mal criada y de bue-
nas costumbres.
Resulta que me iba a callar la boca pero hoy día estoy ca-
breado y de alguna forma no menor el orgullo invade cada
una de las células vivientes que recorren mi cuerpo. No es-
toy para nadie; así que este chico se acerca como un animal
herido y me pide que le invite una cerveza de preferencia
importada. Estamos en medio de la calle y el chico va ves-
tido de puta aproblemada con unos tacos que lo hacen verse
altísima, tiene labial rojo algo corrido como su culo que
va de un lado a otro bamboleándose para deleite de los es-
pectadores informados. Accedo metiéndole los dedos de la
mano derecha en la boca, una boca como una ventosa. Camina-
mos abrazados hacia un servicentro. Para decirme su nombre
se da unas vueltas pero yo lo contengo, mis dedos (los de
la mano derecha), ya están hurgando en su culito untado en
vaselina sólida. Desde algunos automóviles en movimiento,
muchos de ellos lujosos, nos gritan, nos hacen cortes de
manga. Ella parece acostumbrado a que le obsequien carame-
los de dudosa factura, al quitarle la tapa a la cerveza es
evidente que parecemos una pareja algo ingrata. El diálogo
es escaso. La señorita se llama Gonzalo. Una infancia defi-
cilísima. Un padre abusando de ella y su hermana. Una madre
que se ausentaba por semanas y aparecía borracha con la su-
ciedad como una marca en la cara.
Toma asiento me dice en una de las tantas bancas desocupa-
das de la avenida en esa hora en que las aves madrugan su
vuelo dándole forma a nuestras dudas. Te lo voy a comer
precioso sin prejuicios, pero a mí no me gusta que me diri-
gas la palabra puta de mierda, no me vengas con esas. No
soy uno de tus inmundos clientes, ese conglomerado de masa
trabajadora insatisfecha e ignorante, ahora chúpala y vea-
mos lo que sucede; pero los resultados se repiten como fo-
sas al descubierto, en esto no hay nada nuevo. Imagino sus
labios succionando otras vergas en la antesala de una vio-
lación, todo lo que escurre por la mandíbula maltratada.
El describe en círculos con su lengua un lenguaje que evi-
dencia la falta de afecto, las carencias, lo abyecto. Yo
estoy en la otra orilla, me jacto de mi indiferencia fren-
te al dolor ajeno.
En ese momento, mientras acaricia mi pierna derecha, se
percata de que llevo una navaja dentro del pantalón y se
sobresalta. Abandona su tarea para increparme cuando mi
inquietud soberana haría de ella su delicia. Quedo ahí con
la verga suspendida. No tengo que ocultar nada, nena. Es
por seguridad. No es hora para que un muchacho de mi edad
ande dando vueltas por este lugar lleno de maldad a pri-
mera vista, pero se resiste, incapaz de confiar en las palabras de un
extraño.
No es cosa de convencerlo, existen una serie de dificulta-
des de orden práctico. Por ejemplo el escenario: la calle.
Entonces propone un patio lateral del liceo de niñas a unas
cuadras del sitio en que nos hallamos. Terminamos la cerve-
za y caminamos. Caminamos como los adolescentes que somos,
tan distintos el uno del otro. Reconoce su excitación como
una culpa dispuesto a cargar, como una sombra real de su
oficio que exige ser distante. Una labor admirable, sin
solución de continuidad.
Saltamos la reja, de un metro y medio aproximadamente, con
una agilidad que sólo el alcohol podría proporcionarnos; no
hay luz en ese pequeño espacio plagado de plantas y envases
de golosinas.
Tus ojos deben adaptarse dice déjame chupártelo arrodillán-
dose cogiendo con su mano derecha mi verga enhiesta, llena
de promesas. Luego logro divisar un patio interior a través
del cristal de una mampara, veo líneas paralelas de color
blanco sobre el pavimento, nada más. Estoy en el punto di-
vergente, meto mi mano cuidadosamente en el bolsillo dere-
cho de mi pantalón de tela para empuñar con fuerza la na-
vaja que un día de Agosto de 1985 me regalara mi padre
cuando lo dieron de baja de la policía uniformada. Le digo
al maricón logras escuchar por la avenida La cabalgata de
las walkirias con su boca aprisionando el miembro es inca-
paz de decir nada. El metal de la navaja incomprensible,
certero, se desliza con delicadeza por su cuello y una go-
ta de semen cae por la comisura de sus labios, pero mis
manos están manchadas con su sangre, sangre con la que da-
ré una última gloria al recuerdo de mi fallecido padre.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

soy un drogo, por lo mismo lamento el título, y lamento la desfiguración de un instinto precario, vanagloriandome de una hipocrecía palpable y olorosa, quiero decir algo que he olvidado por completo, y no por italiano ni por sapo

12:43 a. m.  

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