miércoles, mayo 02, 2007

Jactancia de inquietud


La vez que fueron a buscarlo, Pablo del Orto pudo verlos llegar desde el comedor del apartamento en un automóvil azul Opel Astra del año ´97; aunque es probable que fuera del ´95 o del ´93. Se estacionaron, sin más. Pablo pensó que se habían estacionado en un mal sitio. Se bajaron lentamente, como mimos con retraso mental. Se veían desesperados. Más la mujer que el hombre. Iban con gafas oscuras y chaquetas de cuero. No sonreían, o fingían no sonreír, da igual. Las chaquetas eran de esas que se pueden adquirir por un precio razonable en la ropa americana. Quizás no eran de cuero. Quizás no estaban desesperados.
Se dieron un par de vueltas observando los bloques de concreto, los edificios de departamentos; necesariamente fríos. Como que estaban reconociendo el terreno. Un terreno parecido a un pantano por donde tenías que tener extremo cuidado a cada paso. Pablo del Orto se entretuvo observándolos. ¿Qué hacían esos dos personajes salidos de una tira cómica buscándolo? No, reflexionó Pablo, más que de un cómic parecen salidos de un drama policial italiano de bajo presupuesto. De una película inconclusa, o con un final feliz e inconcluso. Pero, ¿puede tener una película un final feliz y estar inconclusa y ser italiana a la vez? Estos dos vienen a contarme una desgracia, se dijo Pablo del Orto convencido. Luego se perdieron por las calles polvorientas de la villa, las de un laberinto periférico, y ahí Pablo pensó que lo mejor era ir por ellos, contarles que los había estado mirando tras las cortinas y ofrecerles un café o una cerveza. Pero Pablo del Orto no hizo nada de eso. Se quedó ahí, arrebujado, diríamos. Parapetado, en realidad.

Al parecer Sandra Csarinzki y Ricardo Gómez Carreño se dirigieron a un almacén o a una panadería. Ahí preguntaron vagamente, todo lo vagamente posible, por un poeta. Por un tipo robusto. Por un tipo joven, de barba, con el cabello claro y la conciencia negra. Por un alcohólico. Por un hombre culto de mediana edad. Por un tipo grueso y no muy alto, pero en ningún caso un enano. Preguntaron y el dependiente del almacén o la panadería, o con seguridad, su dueño, no supo que responderle a esos dos jóvenes extravagantes, y educaditos, que olían a pan tostado y a ron. Se dieron un par de vueltas y le preguntaron a los transeúntes distraídos por esta persona, que sin duda era Pablo, pero nadie pudo darles una respuesta coherente. No hay cómo encontrarlo, pensó Ricardo y dijo, entre triste y resignado, cagamos. En cambio Sandra parecía estar segura de que su amigo aparecería en cualquier instante detrás de un árbol o de un anciano o de un espejo, en ese baldío que le hacía recordar con rabia a un ex novio. ¿Por qué a un ex novio?, Sandra Csarinzki no podía explicárselo.
Decidieron volver al viejo automóvil, ese camastro azul metálico, una casual y acaso única central operativa erigida en la nada. Una nada húmeda que exasperaba a Ricardo Gómez Carreño, que pensaba en Pablo como quien piensa en un muerto o en una herencia sin destinatario. Pablo del Orto, su amigo. ¿Podía llamarse amigo a un hijo de puta como ese? Ricardo pensaba que sí. Tenía una fe inquebrantable.
Sandra, repentinamente o quizás de manera premeditada, se sintió enferma y acalorada, que es lo mismo. Su dolor redundaba. Un dolor antiguo, parecido a un sol que se extingue frente a la mirada atónita de los hombres. No el negro sol de la melancolía de Gérard De Nerval, según pensó en ese momento Sandra como abstraída. No, un sol que quemaba y enceguecía y se fijaba en la conciencia de alguien tremendamente conciente del sol y tal vez de las estrellas. Sandra Csarinzki se quitó la chaqueta y si no hubiese dudado un segundo, se habría quitado gustosa la camiseta y los sostenes. Sandra, la Sandra, una mujer contenida dentro de otra mujer.
Unos segundos antes de que los muchachos se embarcaran en una travesía sin destino, en un periplo de mierda, Pablo les pegó un grito. Un alarido como de animal herido: como el de una parturienta disconforme. Fue algo así como, ehhhh o uhhhh. Un ahhh que se prolongaba y dictaba algo mayor como los días o la gloria de los días. Una agitación que era un llamado. Un llamado que era una súplica. Una súplica de un hombre desesperado que estaba a punto de mearse. Ricardo Gómez Carreño al verlo, alegrándose a medias, pensó que las cortinas del comedor parecían las de un teatro abandonado. Un teatro por donde habían pasado, de manera circunstancial, actores de provincia; actores aficionados que expiaban sus culpas en escena. Cortinas que tenían vida propia: demasiado anchas, demasiado oscuras. Una prueba fehaciente de que las cortinas no podían ser sino robadas. Sandra, la Sandra, se alegró. Le pareció que su amigo tenía buen aspecto. Un tipo satisfecho, se dijo. Alguien que a cierta edad podrá jactarse no sólo de sus inquietudes intelectuales, sino que hará gala de su indiferencia. Estoy desvariando, pensó Sandra Csarinski, y miró a Ricardo como si fuese un pedazo de carne expuesta en una galería de arte. No en cualquier galería de arte, en una galería de arte independiente. En una galería inexistente. Ricardo hizo una seña con su mano derecha. Una seña que era una invitación y una señal de algo, y la Sandra, que estaba a punto de explotar, se limitó a la mueca propia de quien entrevé una noche de tiniebla evidente, y no sólo una noche, sino una época horrible, como dice el poema de Robert Frost. Pablo del Orto les dijo que ya bajaba. No había necesidad de gritarles, Pablo se encontraba en un segundo piso y los muchachos a unos pocos metros de la calle: las polvorientas calles de su villa olvidada hace mucho por el municipio. Cerró un poco las cortinas, acto innecesario desde cualquier punto de vista, y fue al baño. Meó largamente, como si recién hubiese despertado de un mal sueño. Se mojó la cara en el lavamanos y miró al espejo diciéndose, concentradísimo, como alguien que memoriza a la fuerza un guión para reivindicarse con sus enemigos: son mis amigos, Sandra y Ricardo. Son mis amigos, no hay nada de qué preocuparse.