La belleza del muchacho
Recuerdo el accidente como si fuera hoy. Jugábamos al fútbol en unos arenales mi hermano Fernán, yo y el negro Crawford. El negro era un huevón mayor que se meaba en el colchón y mentía como si en eso se le fuera la vida, su familia administraba un boliche miserable en los márgenes de la población. Estábamos en 15 Norte, un lugar oscuro donde transcurrían nuestras pequeñas vidas y deambulaban algunos de los seres más desesperanzados que he visto en mi vida; mi hermano, en ese entonces, tenía ocho años y yo, once.
Era la tarde y como se dice con cierto innecesario lirismo, comenzaba a caer la noche. Pateábamos sin convicción el balón medio aburridos cuando el negro Crawford propuso, sin convicción, fumar unos cigarrillos que había robado del boliche en que estaba obligado a permanecer unas horas del día ayudando en lo que fuera.
Explotación infantil sin más dijo mi hermano burlándose al entregarle el cigarrillo al negro que parecía hundido todo en las cuencas de sus ojos inexpresivos. Los cigarrillos eran unos Hilton.
Luego vino lo que dicta el destino, lo inevitable, el horror. Hubo un corte general de luz en el sector pero anteriormente nosotros, los fumadores, habíamos escuchado el frío impacto del metal trabajado contra algo que en ese momento desconocíamos. El negro Crawford corrió como desesperado hacia 3 oriente y Fernán y yo lo seguimos como unos poseídos. Es un choque, decía el negro casi excitado, es un choque, carajo.
Tomamos 15 norte hacia la derecha hasta llegar a la avenida Alessandri. Un viejo camión Ford de doble eje que cargaba manzanas se había estrellado contra un muro de contención ubicado en la intersección de estas calles. Recuerdo haber agarrado una de las manzanas e inmediatamente haberla soltado para tomar la mano de mi hermano al ver que el camión no sólo había derribado un par de postes del tendido eléctrico, sino que también, había pasado por encima, literalmente, de un taxi colectivo con cuatro pasajeros además del conductor.
Estaba oscuro ahí. Lograba escuchar a la distancia las sirenas de los bomberos y del radiopatrullas. Se escuchaban levemente los gemidos de los moribundos en su lecho de muerte, en ese ataúd de fierros retorcidos que aprisionaba a los cuerpos expuestos en su desgracia, en la confusión de la escena.
Caminamos junto a Fernán hacia el colectivo y alguien pedía ayuda. Otro pasajero lloraba o rezaba, no lo sé con exactitud. Tenía miedo.
Al llegar los bomberos con un generador de energía portátil logramos ver la magnitud de la tragedia. Un muchacho de unos veinte años en la parte anterior del vehículo, completamente ensangrentado, se veía hermoso con el esternón como una mancha blancuzca pegada al parabrisas. Sus ojos observaban nuestros movimientos, pero de su boca no salía una palabra.
Sus rasgos eran únicos.
En la parte posterior estaban los sobrevivientes, los necesitados. El dolor y el llanto se filtraban por las ruinas del colectivo línea 9. El trabajo de los servicios de emergencia continuaba y yo y mi hermano, de la mano, regresábamos a casa después de pasar mucho tiempo en las calles.
Recuerdo el accidente como si fuera hoy. Jugábamos al fútbol en unos arenales mi hermano Fernán, yo y el negro Crawford. El negro era un huevón mayor que se meaba en el colchón y mentía como si en eso se le fuera la vida, su familia administraba un boliche miserable en los márgenes de la población. Estábamos en 15 Norte, un lugar oscuro donde transcurrían nuestras pequeñas vidas y deambulaban algunos de los seres más desesperanzados que he visto en mi vida; mi hermano, en ese entonces, tenía ocho años y yo, once.
Era la tarde y como se dice con cierto innecesario lirismo, comenzaba a caer la noche. Pateábamos sin convicción el balón medio aburridos cuando el negro Crawford propuso, sin convicción, fumar unos cigarrillos que había robado del boliche en que estaba obligado a permanecer unas horas del día ayudando en lo que fuera.
Explotación infantil sin más dijo mi hermano burlándose al entregarle el cigarrillo al negro que parecía hundido todo en las cuencas de sus ojos inexpresivos. Los cigarrillos eran unos Hilton.
Luego vino lo que dicta el destino, lo inevitable, el horror. Hubo un corte general de luz en el sector pero anteriormente nosotros, los fumadores, habíamos escuchado el frío impacto del metal trabajado contra algo que en ese momento desconocíamos. El negro Crawford corrió como desesperado hacia 3 oriente y Fernán y yo lo seguimos como unos poseídos. Es un choque, decía el negro casi excitado, es un choque, carajo.
Tomamos 15 norte hacia la derecha hasta llegar a la avenida Alessandri. Un viejo camión Ford de doble eje que cargaba manzanas se había estrellado contra un muro de contención ubicado en la intersección de estas calles. Recuerdo haber agarrado una de las manzanas e inmediatamente haberla soltado para tomar la mano de mi hermano al ver que el camión no sólo había derribado un par de postes del tendido eléctrico, sino que también, había pasado por encima, literalmente, de un taxi colectivo con cuatro pasajeros además del conductor.
Estaba oscuro ahí. Lograba escuchar a la distancia las sirenas de los bomberos y del radiopatrullas. Se escuchaban levemente los gemidos de los moribundos en su lecho de muerte, en ese ataúd de fierros retorcidos que aprisionaba a los cuerpos expuestos en su desgracia, en la confusión de la escena.
Caminamos junto a Fernán hacia el colectivo y alguien pedía ayuda. Otro pasajero lloraba o rezaba, no lo sé con exactitud. Tenía miedo.
Al llegar los bomberos con un generador de energía portátil logramos ver la magnitud de la tragedia. Un muchacho de unos veinte años en la parte anterior del vehículo, completamente ensangrentado, se veía hermoso con el esternón como una mancha blancuzca pegada al parabrisas. Sus ojos observaban nuestros movimientos, pero de su boca no salía una palabra.
Sus rasgos eran únicos.
En la parte posterior estaban los sobrevivientes, los necesitados. El dolor y el llanto se filtraban por las ruinas del colectivo línea 9. El trabajo de los servicios de emergencia continuaba y yo y mi hermano, de la mano, regresábamos a casa después de pasar mucho tiempo en las calles.
