Niños cruzando las calles.
No eres el primero que tiene el tembleque, el vértigo, el horror.
Malcom Lowry
Mi pierna derecha cojea y el dolor, en los días lluviosos, como el color de las nubes en un cielo ceniciento, se intensifica. No sé en qué momento sucedió, no recuerdo haberme dado un golpe o haber caído, ni siquiera tengo cicatrices. Los pantalones, en la extensión de su pierna derecha, no tienen rasguños visibles y esa noche, en que el dolor comenzó, no hice fuerzas. Estuve en casa mirando la televisión y bebí unas copas de vino blanco. Nada del otro mundo.
La cosa es que comenzó como una molestia y ahora las consecuencias son un rasgo que caracteriza mi andar. Me desplazo con dificultad. Además hay un factor psicológico: pensar en mi pierna me fatiga y no puedo evitarlo.
Y estoy tan conciente; tan concentrado en este miembro que jamás tuvo mayor importancia dentro de mi habitual desempeño, en el dolor y su oscura procedencia, que doy vueltas en un pensamiento que me es por completo ajeno.
(He aislado mi pierna derecha, la he vendado. He dividido mi cuerpo.)
No voy a negar que puedo imaginar cómo sucedió. Es mi pie de apoyo el derecho y por ende, su pierna. Y en algunas calles de Viña del Mar, donde se respira drogas y sexo, son los pies los que sostienen el negocio.
No me la paso en Av. Libertad, ni soy un habitué, pero esa semana que estuve ahí no cojeaba. Seguro estoy para afirmarlo. De hecho tenía buen ánimo y me desenvolvía con natural soltura. Mi paso era regular y las putas atraían a los clientes moviendo exageradas sus caderas: estirando la lycra adherida a sus piernas.
Hablaban alto. Eran mujeres insolentes, con una actitud hecha a punta de humillaciones y caídas estrepitosas en las calles y en sus hogares. Eran mujeres fuertes, mayores. Putas por años: desdentadas, gordas, hermosas.
Ocupaban las esquinas oscuras meadas por perros que iban, muy tarde ya, donde la inyección esperaba paciente en las manos del enemigo municipal.
Permanecían horas ahí y el frío se pasaba con un sour con mucha azúcar en una botellita de vidrio escondida entre las enaguas.
Al igual que el maquillaje en sus rostros, que tiendo a comparar con la señalética impresa en el suelo, sobre el pavimento, de tanto circular neumáticos, la carrera extravagante de sus vidas se iba con rapidez en cada uno de esos vehículos en que se encaramaban; habituándose al olvido, diseccionando su flor.
Cada una de ellas está compuesta por mi propia insatisfacción. Al cruzarse nuestras miradas me percato.
Vuelvo a vendar mi pierna. Las telas de algodón ceden como todo, prácticamente. No imagino esta pierna más que vendada, no me pertenece en realidad. Y es mucho decir que exagero el dolor que me aqueja en las noches ahora primaverales. Extraño una larga caminata por la costa y al viento, imperceptible desde la ventana de la habitación que ocupo. Curando mis heridas. Muy seguido, obsesivamente.
No hablé antes de esa noche en que las balas eran las que corrían por las calles, inesperadas, inexpresivas sobre todo. Y los vestidos se rasgaban en las manos de quienes le auxiliaban: la sangre se volvía pieza de encaje bajo el tendido eléctrico.
Iluminado, yo temblaba.
Los rostros cada vez más oscuros se apoderaban de sus sombras y deambulaban por el amplio escenario. Figuras en su mayoría femeninas se paseaban enrostrándome frenéticas un crimen.
Escapé del lugar donde se estremecían los motores y las sirenas rivalizando con sus sentimientos encontrados, tan dispares en la hora de la muerte y me dirigí a lo profundo de la ciudad. Bebería las próximas horas, no insistiría sobre algunas cuestiones. Evitaría el contacto directo.
Y el primer impulso me vino con el golpe certero de la televisión, donde se proyectaba la realidad.
Decidí volver
Empaparme del aire aquél
Amanecía
(La luz se percibe inexacta como el reflejo de lo pasado y mis vendas amarillentas impiden que me desplace ágil por la acera. Es demasiado tarde, pienso. Y no me refiero a la noche, no).
No hay huellas de sangre o de tiza en el pavimento, sólo el canto de los primeros pájaros en las trincheras flotantes del día que se avecina.
Y mi embriaguez.
No eres el primero que tiene el tembleque, el vértigo, el horror.
Malcom Lowry
Mi pierna derecha cojea y el dolor, en los días lluviosos, como el color de las nubes en un cielo ceniciento, se intensifica. No sé en qué momento sucedió, no recuerdo haberme dado un golpe o haber caído, ni siquiera tengo cicatrices. Los pantalones, en la extensión de su pierna derecha, no tienen rasguños visibles y esa noche, en que el dolor comenzó, no hice fuerzas. Estuve en casa mirando la televisión y bebí unas copas de vino blanco. Nada del otro mundo.
La cosa es que comenzó como una molestia y ahora las consecuencias son un rasgo que caracteriza mi andar. Me desplazo con dificultad. Además hay un factor psicológico: pensar en mi pierna me fatiga y no puedo evitarlo.
Y estoy tan conciente; tan concentrado en este miembro que jamás tuvo mayor importancia dentro de mi habitual desempeño, en el dolor y su oscura procedencia, que doy vueltas en un pensamiento que me es por completo ajeno.
(He aislado mi pierna derecha, la he vendado. He dividido mi cuerpo.)
No voy a negar que puedo imaginar cómo sucedió. Es mi pie de apoyo el derecho y por ende, su pierna. Y en algunas calles de Viña del Mar, donde se respira drogas y sexo, son los pies los que sostienen el negocio.
No me la paso en Av. Libertad, ni soy un habitué, pero esa semana que estuve ahí no cojeaba. Seguro estoy para afirmarlo. De hecho tenía buen ánimo y me desenvolvía con natural soltura. Mi paso era regular y las putas atraían a los clientes moviendo exageradas sus caderas: estirando la lycra adherida a sus piernas.
Hablaban alto. Eran mujeres insolentes, con una actitud hecha a punta de humillaciones y caídas estrepitosas en las calles y en sus hogares. Eran mujeres fuertes, mayores. Putas por años: desdentadas, gordas, hermosas.
Ocupaban las esquinas oscuras meadas por perros que iban, muy tarde ya, donde la inyección esperaba paciente en las manos del enemigo municipal.
Permanecían horas ahí y el frío se pasaba con un sour con mucha azúcar en una botellita de vidrio escondida entre las enaguas.
Al igual que el maquillaje en sus rostros, que tiendo a comparar con la señalética impresa en el suelo, sobre el pavimento, de tanto circular neumáticos, la carrera extravagante de sus vidas se iba con rapidez en cada uno de esos vehículos en que se encaramaban; habituándose al olvido, diseccionando su flor.
Cada una de ellas está compuesta por mi propia insatisfacción. Al cruzarse nuestras miradas me percato.
Vuelvo a vendar mi pierna. Las telas de algodón ceden como todo, prácticamente. No imagino esta pierna más que vendada, no me pertenece en realidad. Y es mucho decir que exagero el dolor que me aqueja en las noches ahora primaverales. Extraño una larga caminata por la costa y al viento, imperceptible desde la ventana de la habitación que ocupo. Curando mis heridas. Muy seguido, obsesivamente.
No hablé antes de esa noche en que las balas eran las que corrían por las calles, inesperadas, inexpresivas sobre todo. Y los vestidos se rasgaban en las manos de quienes le auxiliaban: la sangre se volvía pieza de encaje bajo el tendido eléctrico.
Iluminado, yo temblaba.
Los rostros cada vez más oscuros se apoderaban de sus sombras y deambulaban por el amplio escenario. Figuras en su mayoría femeninas se paseaban enrostrándome frenéticas un crimen.
Escapé del lugar donde se estremecían los motores y las sirenas rivalizando con sus sentimientos encontrados, tan dispares en la hora de la muerte y me dirigí a lo profundo de la ciudad. Bebería las próximas horas, no insistiría sobre algunas cuestiones. Evitaría el contacto directo.
Y el primer impulso me vino con el golpe certero de la televisión, donde se proyectaba la realidad.
Decidí volver
Empaparme del aire aquél
Amanecía
(La luz se percibe inexacta como el reflejo de lo pasado y mis vendas amarillentas impiden que me desplace ágil por la acera. Es demasiado tarde, pienso. Y no me refiero a la noche, no).
No hay huellas de sangre o de tiza en el pavimento, sólo el canto de los primeros pájaros en las trincheras flotantes del día que se avecina.
Y mi embriaguez.
