viernes, diciembre 29, 2006

Niños cruzando las calles.

No eres el primero que tiene el tembleque, el vértigo, el horror.
Malcom Lowry

Mi pierna derecha cojea y el dolor, en los días lluviosos, como el color de las nubes en un cielo ceniciento, se intensifica. No sé en qué momento sucedió, no recuerdo haberme dado un golpe o haber caído, ni siquiera tengo cicatrices. Los pantalones, en la extensión de su pierna derecha, no tienen rasguños visibles y esa noche, en que el dolor comenzó, no hice fuerzas. Estuve en casa mirando la televisión y bebí unas copas de vino blanco. Nada del otro mundo.
La cosa es que comenzó como una molestia y ahora las consecuencias son un rasgo que caracteriza mi andar. Me desplazo con dificultad. Además hay un factor psicológico: pensar en mi pierna me fatiga y no puedo evitarlo.
Y estoy tan conciente; tan concentrado en este miembro que jamás tuvo mayor importancia dentro de mi habitual desempeño, en el dolor y su oscura procedencia, que doy vueltas en un pensamiento que me es por completo ajeno.
(He aislado mi pierna derecha, la he vendado. He dividido mi cuerpo.)
No voy a negar que puedo imaginar cómo sucedió. Es mi pie de apoyo el derecho y por ende, su pierna. Y en algunas calles de Viña del Mar, donde se respira drogas y sexo, son los pies los que sostienen el negocio.
No me la paso en Av. Libertad, ni soy un habitué, pero esa semana que estuve ahí no cojeaba. Seguro estoy para afirmarlo. De hecho tenía buen ánimo y me desenvolvía con natural soltura. Mi paso era regular y las putas atraían a los clientes moviendo exageradas sus caderas: estirando la lycra adherida a sus piernas.
Hablaban alto. Eran mujeres insolentes, con una actitud hecha a punta de humillaciones y caídas estrepitosas en las calles y en sus hogares. Eran mujeres fuertes, mayores. Putas por años: desdentadas, gordas, hermosas.
Ocupaban las esquinas oscuras meadas por perros que iban, muy tarde ya, donde la inyección esperaba paciente en las manos del enemigo municipal.
Permanecían horas ahí y el frío se pasaba con un sour con mucha azúcar en una botellita de vidrio escondida entre las enaguas.
Al igual que el maquillaje en sus rostros, que tiendo a comparar con la señalética impresa en el suelo, sobre el pavimento, de tanto circular neumáticos, la carrera extravagante de sus vidas se iba con rapidez en cada uno de esos vehículos en que se encaramaban; habituándose al olvido, diseccionando su flor.
Cada una de ellas está compuesta por mi propia insatisfacción. Al cruzarse nuestras miradas me percato.
Vuelvo a vendar mi pierna. Las telas de algodón ceden como todo, prácticamente. No imagino esta pierna más que vendada, no me pertenece en realidad. Y es mucho decir que exagero el dolor que me aqueja en las noches ahora primaverales. Extraño una larga caminata por la costa y al viento, imperceptible desde la ventana de la habitación que ocupo. Curando mis heridas. Muy seguido, obsesivamente.
No hablé antes de esa noche en que las balas eran las que corrían por las calles, inesperadas, inexpresivas sobre todo. Y los vestidos se rasgaban en las manos de quienes le auxiliaban: la sangre se volvía pieza de encaje bajo el tendido eléctrico.

Iluminado, yo temblaba.

Los rostros cada vez más oscuros se apoderaban de sus sombras y deambulaban por el amplio escenario. Figuras en su mayoría femeninas se paseaban enrostrándome frenéticas un crimen.
Escapé del lugar donde se estremecían los motores y las sirenas rivalizando con sus sentimientos encontrados, tan dispares en la hora de la muerte y me dirigí a lo profundo de la ciudad. Bebería las próximas horas, no insistiría sobre algunas cuestiones. Evitaría el contacto directo.
Y el primer impulso me vino con el golpe certero de la televisión, donde se proyectaba la realidad.

Decidí volver
Empaparme del aire aquél
Amanecía

(La luz se percibe inexacta como el reflejo de lo pasado y mis vendas amarillentas impiden que me desplace ágil por la acera. Es demasiado tarde, pienso. Y no me refiero a la noche, no).

No hay huellas de sangre o de tiza en el pavimento, sólo el canto de los primeros pájaros en las trincheras flotantes del día que se avecina.
Y mi embriaguez.

martes, diciembre 19, 2006

Smoke Blues (o una crónica para rehabilitarse.)
No tantos son los hombres que le quitan la piel al gato para encontrar su belleza. Y no hablo de entrega, no. Sino de una desmesura por conseguir en lo inmediato, una respuesta saludable. No merecen aplausos, menos descalificaciones. La complejidad de sus oraciones siempre compuestas en mí, más que elogios, genera dudas mayores.
Es exceso de cafeína, se podrá pensar. O el calor, pero no; con frecuencia salto al vacío desde el umbral de mi puerta. Me estimulo con los ojos otros, lo que me hace perder la perspectiva. Jamás coincido, en tertulias y charlas de café, con los medios y artimañas de los bienpensantes: alumnos en práctica de la evasión somnífera del mercado capital.
No es rebeldía, señores lectores.
No pretendo consagrar mi opinión en pasto ajeno, en pasto seco. Voy más lejos, al espacio sonoro que ocuparan los Coltrane, los Monk y muchos otros. Todos ellos en Lexington Avenue, en Brooklyn, en una Nueva York olvidada. A la tarjeta de promo y letra chica para actuar en un cabaret. A esa misma tarjeta vencida y a la jeringa para despegar a Europa, a un París tolerante, lleno de angustia.
El tabaco y el alcohol mezclados en la densidad del melodrama ejecutado en un escenario donde piano y saxofón se desgarran deleitándonos. Y se respira alegría, no nos confundamos, sombría al fin.
Y los tambores son como los de la hora final, con excepción de las criaturas volátiles. Y el número interesa en la medida que a pérdida el horizonte difumina.
Todos los rostros, en la oscuridad de la platea, se estremecen con gestos vehementes y lagrimones. Las notas que escapan del viejo instrumento, ese que se rinde, como una pieza estertórea, sigiloso a los espectadores.
La luz es escasa; como es costumbre, es exclusiva del personaje que imprime a la maniobra inspiración, emociones. Y al finalizar el acto, para volver al ataque, los aplausos conspiran por insatisfacción, por exigencias arraigadas al olimpo del Jazz, por ansias premonitorias, más allá de la duda. Porque silencio equivale a muerte en el sin sentido de las siluetas y las extensiones.
La imagen persiste lejos del recuerdo. Y es duro, pero basta una acción que determine lo casual en el misterio para sobreponerse.
12 de Febrero 2003

viernes, diciembre 15, 2006

Ada / dedicado

"My ghost follows me, around and around."

Ella la que llegó del norte de la Gran Bretaña junto a su hermana
hijas ambas al calor de las armas del horror de la primera guerra
me crió en una época particularmente oscura para Chile
me leía a media tarde
mientras el abuelo soñaba con grandes batallas náuticas
y mi madre trabajaba
un libro de la editorial Zig-zag titulado Los grandes poetas (los mejores versos para ser declamados)
libro singular de lo grueso, imposible maniobrarlo
del que me leía los haikus del Mexicano José Juan Tablada
al Peruano Santos Chocano
a la suicida Argentina Alfonsina Storni su preferida

es poco lo que yo recuerdo de ese tiempo salvo esto que he narrado
y lo concreto: el libro que aún conservo con su nombre escrito
delicadamente en la primera página: Betty Mac Leod de Peirano.

lunes, diciembre 11, 2006

Para Daniela

Le mostré estas líneas a mi culta prometida y
obtuve la pera madura de un resultado sin tacha.
El no verse en verso.


De este hecho consumado por ambos
al calor de un trago en La flor de Chile
no pudiste más que sonreírte
al constatar que aquel presente, un delito a esas alturas
fuese el vacío acariciado en latitudes otras
pero similares
que aquel carnet de liceana, y los pocos pesos
transformasen nuestras caras en lo que verdaderamente parecían:
un conjunto de gestos tibios pero amenazantes
a punto de las lágrimas;
no es de extrañarlo
tú pensabas en el tiempo que vendría
como una tormenta para extraviarnos tal cual un año ha
y yo a medias, me distanciaba no con las mejores palabras
porque intentaba revelarme

volveríamos a caminar tarde en la noche
pensando en los rostros de aquellos que hicieron la fatal pregunta
cambiando el destino del presente
en un pequeño crimen perpetrado por ambos.

viernes, diciembre 08, 2006

Formas de la risa (o la crónica de la querida)
para Carlos Ceruti Lagos


Alguien huye de su departamento un par de días y lo único que desaparece es un diccionario.
Ahí ese alguien tiene que pensar, necesariamente, que lo peor está por sucederle: algo se aproxima.
Su cuerpo está con la temperatura en su punto y se aventura y sale, no muy decidido, a las calles: visitará a un amigo.
Ese amigo, como es de suponer en estos casos, no le espera, pero él tampoco piensa encontrarlo.
Ese amigo al verle sabe que algo se aproxima con la fuerza de un asteroide con nombre de personaje Egipcio(1), a la tierra, y debería caer el 13 de Abril del año 2036, sobre el Reyno de Chile, aunque las probabilidades son bajas.
Dicho esto, y no de paso, podemos dar cuenta de nuestro relato:
Los amigos van de compras y encuentran a una chica dentro de una fotocopiadora. A uno de los amigos le parece lo bastante guapa como para ir a beber una copa de vino blanco y comer atún desmenuzado con tomates y palta dentro de la habitación del amigo que aparentemente la conoce.
Se ha bebido vino blanco y nadie parece satisfecho.
Uno de los amigos nunca se enterará del nombre de la muchacha, pero sin embargo, le regalará un poema que habla sobre las dudas, el hartazgo, el desenfado, la distancia y los márgenes de una página en blanco.
Se supone que hay un par de cervezas en el freezer, pero la chica se despide.
Esa misma tarde uno de los amigos le dice, al otro, que el día anterior vio a través de la ventana a un gato recién nacido evidentemente abandonado, y fue a buscarlo para darle leche, pero terminó ahogándolo en el lavamanos. También dijo que su madre habría sido la cómplice del asesinato.
Luego el animal fue depositado en una caja de zapatillas para ser lanzado en un contenedor de basura. Eso fue entre las 15:30 y las 15:50 de un día Domingo en que los cantos de los evangélicos, frente a su habitación, se elevaban como plegarias a un cielo gris por donde se le viera.
Aproximadamente a las 18:00 hrs un tipo comenzó a hurgar en el contenedor para sacar cartones y botellas de vidrio y uno de los amigos vio cómo la caja de zapatillas era abierta por el vagabundo, y logró constatar la conmoción del hombre que, quién sabe por qué, no volvió a dejar dentro del contenedor de basura la caja con el gato ahogado.
Muerte por agua, pensó en ese momento uno de los amigos.
Al darse cuenta de que la evidencia quedaba ahí expuesta y podía llegar a complicar la relación con alguno de sus vecinos, uno de los amigos bajó a comprar unas cervezas y volvió a depositar la caja sin poder evitar mirar antes al animal que ahí yacía, pero que, inexplicablemente, seguía vivo.
Esto perturbo profundamente al amigo que continuó ahora su rumbo equívoco hacia una botillería donde podría transformarse en el perfecto culpable (el animal había luchado por su vida en vano, el asesino se había percatado de un par de cosas: el esfínter del animal y la lengua se habían soltado (había estirado la pata, como se dice vulgarmente)).
Uno de los amigos en ese momento miraba su espejo de mano repitiéndose: mira lo que haz hecho.
Después la bebida corrió como los ríos concesionados de la dignidad Mapuche.
Los amigos nunca escucharon a los Bad brains; nunca escucharon a los New York dolls.
Los amigos hablaron de su infancia, de sus padres, de algunas mujeres (con testimonio gráfico), de algunos muertos que les parecían notables y de algunos huevones que les gustaría ver muertos. Hablaron del colegio, de algunos viajes que fracasaron, de lenguas que no lograrían comprender y de la vejez; una vejez que viene con cosas que a los amigos, si no estuvieran del todo borrachos, no les interesarían: la calvicie, las canas, el gusto por los niños.
Quizás esa tarde uno de los amigos llora, pero sin demasiadas ganas.
Quizás suceden otras cosas hasta que al llegar la noche uno de los amigos se duerme y al otro lo visitan un tipo y dos mujeres. Beben y deciden salir a bailar a un lugar que, aunque les duela, no está de moda.
La historia de uno de los amigos, en este punto, se corta. Pero como en toda historia de horror, la historia continúa.
El otro amigo, ya de madrugada, bebe y baila y cree divertirse y sostiene diálogos que no lo conducen a ninguna parte. El otro, el que duerme, sueña con una coreografía de la que es parte y finalmente se despierta asustado, con una mujer encima, una mujer de pelo crespo, que le está dando bofetadas.
La mujer le dice: "Buena, loco" y desaparece.
Ahí el amigo se percata de que su amigo está durmiendo con él en la misma cama. Ambos están vestidos tal cual un día ha.
Y lo despierta, pese a que le lleva por lo menos quince minutos de tortura con un pequeño destornillador de paleta que le introduce, indistintamente, en las fosas nasales y en el ojo del culo.
TO BE CONTINUED...

Post scriptum: Los amigos después conocen a un par de poetas, a un ángel que pasa por las mañanas a la habitación a fumarse
un cigarrillo, a unos músicos chiflados, a una chica que hace una misteriosa entrada en el relato, a través de unas
fotografías, y a una dealer que siempre está en calzones y les proporciona suficiente droga como para que uno de
los amigos continúe con el relato.

(1) El nombre es Apophis, y el asteroide mide unos 320 metros de largo. La explosión que generaría su choque con la tierra
equivaldría a unas 20 mil bombas atómicas. Aquello de que caería sobre territorio Chileno es mera especulación de uno de los amigos.