viernes, junio 08, 2007

Portrait of a lady


La pendeja debe tener unos trece años, calculo, y su culo es una proyección de todas las perversiones que puede imaginar un hombre solo. Ahí yace la pendeja, en la quebrada: expuesta, violentada por una necesidad básica, admirada por su entorno (una naturaleza muerta de estudiante de arte en segundo año.)
La muchacha estudia en el liceo junto a sus compañeras se pregunta, con risitas cómplices, por los dolores que le causa su primera menstruación; su ingreso al mundo adulto.
Los dolores eran lo de menos, se toca provocando a sus compañeras la entrepierna y disfruta. Disfrutaba. Escucha como la obsesa que es Sympathy for the devil en la intimidad, una y otra vez, pero en la versión de 1973 de Bryan Ferry. Tal cual. Su libro de cabecera es el Memorial de isla negra y baila como mala de la cabeza reggeaton en las fiestas que se organizan a media tarde los domingos en las viejas discotheques de Viña del mar.
La pendeja vive en la periferia y escucha atenta una voz, una voz que viene de lejos: un susurro con el tono de la voz de su fallecido padre, un tono como de ringtone.
Y ahí descubre su vocación.
La pendeja se moja los calzones con el chico mayor que vive frente a su casa (un jardinero de mierda, argentino oriundo de mendoza, que lo único que quiere es garchársela). Lo imagina y se toca. Mira la televisión y se toca. Es un hombre, se dice, y se toca entremedio. Su refugio es la ducha, donde se toca y se toca. Su nombre es Marjorie, pero miente y dice Johanna, Valeska. Nombres que se suceden. La vergüenza es tanta. La Marjorie es pobre. Ella se odia y espera lo mejor, una contradicción lejos de ser un recurso sustentable. Una contradicción de diva o de mujer independiente. Una ensoñación de actriz menor, de puta relevante.
La pendeja se destaca en gramática, su interpretación de textos menores (novelas de Alberto Fuguet o de Sergio Gómez) es superior a la media. Sus compañeras son estúpidas como sus padres: obreros disminuidos a cero en cada reforma dictada por la social democracia, cerdos esclavizados en fábricas de hombres cultos, pacientes amantes de la poesía de Quevedo. Huevones que se cagan de la risa.

El victimario es guapo, trabaja como jardinero y tiene una verga enorme, una verga de gaucho. Es un hombre horrible: Hijo bastardo de una costurera adicta al juego, penetrado anal y bucalmente en varias ocasiones por su padrastro, Su odio es el significante (no el significado.) Su odio emparentado con los boliches que ha frecuentado dice mucho de sí.
El victimario decide a la rápida trascender, transformarse en leyenda, en párrafo sagrado de las crónicas policiales con esa muchacha flaca que apenas tiene pechos, que apenas tiene la ilusión de transformarse en mujer.
-La muchacha de enfrente, che, -se dice el jardinero- la Margaret, tiene los flecos ajustados. Está a punto de reventar su velo.
(El himen como una alegoría macabra de la fecha en que la niña hará su primera comunión.)
El victimario se masturba pensando en la pendeja.
La pendeja piensa en su príncipe azul-marino, tirando a azúl-francés-profundo.
El victimario logra ver en sueños el lugar del crimen, la acción le parece irrelevante, transcurre en los márgenes. La pendeja yace en la quebrada violentada, un cuerpo desprovisto de dignidad, desprovisto de otras cosas además.
Yace en su miseria y su entorno la reclama, las higueras mal dibujadas por el estudiante de arte, las rocas que se levantan, todo lo que su muerte encarna.