Viernes Santo
La aceptación de las propias limitaciones
eventualmente es una sabiduría triste
A. Bioy Casares
Juan Carlos se asomó por una de las ventanas del comedor y pudo ver a dos adolescentes discutiendo y a un pastor alemán, o quizás se trataba de un quiltro, correteando a una rata medio muerta. Juan Carlos pensó, en ese preciso instante, en varias cosas. Entre esas cosas, no del todo diversas, Juan Carlos creyó pensar en esos dos adolescentes mal alimentados; en esas siluetas díscolas entregadas a la noche o a algo parecido a la noche.
Lo cierto es que el chico, que más bien era alto, tironeaba e insultaba a una muchacha vestida de negro que se negaba a acompañarlo. Todo eran gritos y un forcejeo continuo que a Juan Carlos lo hacía enloquecer progresivamente. Gritos que eran un reclamo o una súplica, un manjar en la garganta de un sádico, una escena que se repetía.
Entonces Juan Carlos buscó en el refrigerador una botella de vino blanco y se sirvió una copa. Esto es una mierda, pensó. Y repitió en voz alta, la vida es una mierda. Tomó asiento en una de las cientos de sillas que se encontraban en el comedor y, distraído, miró una fotografía: la fotografía de un árbol enorme, de un árbol de dimensiones insospechadas que permanecía, o vegetaba, en Ancúd. Una fotografía en blanco y negro de 40x60 centímetros aproximadamente pegada en una de las paredes del comedor. Acabó con la segunda o tercera copa y como un poseso, se dirigió a la ventana. Nada había cambiado, aún era de noche y nuestro protagonista seguía siendo Juan Carlos. No estaba ni la rata que antes agonizaba, según su parecer, ni el can. De los adolescentes sólo quedaba una estela de inconsistencia y de perfume barato. La acción se había trasladado a los contenedores de basura. Alguien hurgaba en uno de los tres contenedores secundado por dos mujeres que, evidentemente, se encontraban ebrias. Una de ellas llevaba a la rastra un coche, pero no parecía llevar a un bebé ahí adentro. Las mujeres reían con estrépito y desvergüenza molestando a ese alguien que para Juan Carlos no era un misterio: debía tratarse de un hombre igualmente ebrio.
A esa hora los perros ladraban y algunos automóviles cruzaban la avenida Gómez Carreño a una velocidad del todo improbable, como en cámara lenta, pensó Juan Carlos. La noche era cálida como una voz que viene desde la parte posterior de una vieja catedral o de un prostíbulo reacondicionado. La calma, un cuadro aparente, tenía el sello de las horas. Todo se conjugaba en los pensamientos de ese muchacho orgulloso y solitario que observaba a ese grupo de ebrios alrededor de los contenedores de basura con la idea fija de ir a tomarse lo que quedaba de la botella de vino blanco.
La aceptación de las propias limitaciones
eventualmente es una sabiduría triste
A. Bioy Casares
Juan Carlos se asomó por una de las ventanas del comedor y pudo ver a dos adolescentes discutiendo y a un pastor alemán, o quizás se trataba de un quiltro, correteando a una rata medio muerta. Juan Carlos pensó, en ese preciso instante, en varias cosas. Entre esas cosas, no del todo diversas, Juan Carlos creyó pensar en esos dos adolescentes mal alimentados; en esas siluetas díscolas entregadas a la noche o a algo parecido a la noche.
Lo cierto es que el chico, que más bien era alto, tironeaba e insultaba a una muchacha vestida de negro que se negaba a acompañarlo. Todo eran gritos y un forcejeo continuo que a Juan Carlos lo hacía enloquecer progresivamente. Gritos que eran un reclamo o una súplica, un manjar en la garganta de un sádico, una escena que se repetía.
Entonces Juan Carlos buscó en el refrigerador una botella de vino blanco y se sirvió una copa. Esto es una mierda, pensó. Y repitió en voz alta, la vida es una mierda. Tomó asiento en una de las cientos de sillas que se encontraban en el comedor y, distraído, miró una fotografía: la fotografía de un árbol enorme, de un árbol de dimensiones insospechadas que permanecía, o vegetaba, en Ancúd. Una fotografía en blanco y negro de 40x60 centímetros aproximadamente pegada en una de las paredes del comedor. Acabó con la segunda o tercera copa y como un poseso, se dirigió a la ventana. Nada había cambiado, aún era de noche y nuestro protagonista seguía siendo Juan Carlos. No estaba ni la rata que antes agonizaba, según su parecer, ni el can. De los adolescentes sólo quedaba una estela de inconsistencia y de perfume barato. La acción se había trasladado a los contenedores de basura. Alguien hurgaba en uno de los tres contenedores secundado por dos mujeres que, evidentemente, se encontraban ebrias. Una de ellas llevaba a la rastra un coche, pero no parecía llevar a un bebé ahí adentro. Las mujeres reían con estrépito y desvergüenza molestando a ese alguien que para Juan Carlos no era un misterio: debía tratarse de un hombre igualmente ebrio.
A esa hora los perros ladraban y algunos automóviles cruzaban la avenida Gómez Carreño a una velocidad del todo improbable, como en cámara lenta, pensó Juan Carlos. La noche era cálida como una voz que viene desde la parte posterior de una vieja catedral o de un prostíbulo reacondicionado. La calma, un cuadro aparente, tenía el sello de las horas. Todo se conjugaba en los pensamientos de ese muchacho orgulloso y solitario que observaba a ese grupo de ebrios alrededor de los contenedores de basura con la idea fija de ir a tomarse lo que quedaba de la botella de vino blanco.
